• LOS ERROR~ JUDICIALF3.
POR ,n ,f. CIA, FILOSOFIA É HISTORIA ES JUDICIALES ~OSIS y REJIIEDIOS fA \ DOMINGO GIURIATI TRADUCC"ÓN DE A. POSADA rrofelOr en la UniTerllidad de Oviei. MADRID' . LA ESPANA MODERNA' Onesta de Santo Domingo, 16'
17- r2 1 O~/11/o 9 . -1Q-=t.4'H (tu.o) (":) 4tt t .t.." Ct~..·n ~Pt~ Pi.:,[-tr/y.'fO AL ABOGADO CARLOS AUZI VIZENZA. ES PROPIEDAD ESTABLECIMIENTO TtPOGRAFJCO DE IDAMOR MORENO, Calle llfc,eco de GaTa1" 9.-Teléfono 8.146. Hace de esto dos años: una maña.na de Mayo pasea.- ba usted con sus amigos, y yo á mi vez paseaba con los míos por la magnífica sala del Palacio Grimani, en Venecia, obra. antigua de Sanmicheli, construída sin la menOr idea de que habría de ser destinada un día á lugar de descanso de los abogados en espera del llamamiento del Tribunal, para. comenzar las discusiones, 6 bien el término de la inagotable elocuencia de parte de los colegas, á. ñn de dar rienda suelta á la propia. Apenas usted me divisó, me llamó aparte, indicándome el deseo de hablar conmigo detenidlitmente. dDe qué querría usted hablarme? me decía, pen- ~a.ndo en nuestras escasas relaciones, no mantenidas en intimidad, dados nuestros hábitos de vida tan diferentes, J hasta lo distinto de nuestras tendencias. Con pocas y sentidas frases, como quien dice cosa. maduramente pensada, me propuso usted que escribiese este libro. -dPor qué no lo hace usted mismo?-repliqué, COn mucha más sinceridad que la que suele. manifestarse (1
por quien recibe el ofrecimiento de un distrito por un gran elector. -Porque..... y aquí brotaron de sus labios una serie de razones, pruebas palmarias unas de su excesiva modestia, y las otras de su buena amistad hacia mí. La convermción terminóse con una frase de gratitud mía cordial, pero dilatoria. Aquel día no había perdido yo mi tiempo paseando por la sala del palacio Grimani. Salí de él con un pensamiento, y muy animado. Desde entonces mi intelecto inclinóse á discurrir sobre el tema que usted me indicara. Hubiera deseado recogerlo en toda su grandiosidad, y hacer un libro en que se reflejase todo el sentido especial de nuestra patria, con relación á estos asuntos cuHísimos, que mostrase todo lo hecho por los pueblos civilizados y todo lo que á nosotros nos queda que J;tacer; un libro, en fin, que divulgase verdades inadvertidas, que hablase al coraz6n, que pudiese andar en manos de todos. Con semejante propósito, me dediqué á recoger elementos que me permitieran llevar el tema de las regiones de la abstracción al fecundo campo de los hechos, acudiendo á las noticias de amigos, paisanos y extranjeros; pero no satisfecho con tales auxilios, hube de dirigirme á las fuentes mismas, peregrinando por las diyersas naciones; unas veces por Francia, por Suiza otras, otras por Austria 6 por Alemania, y otras, e!1 fin, por :Bélgica 6 por Holanda. No obstante, á pesar de todo, seguro estoy, lo confieso ingenuamente, de no haber llegado á la meta. Poco á poco, según avanzaba en mi difícil camino, me convencí de que un libro científico-y mayormente técnico--":"'no puede resultar entretenido, y que, por otro lado, un libro entretenido no puede senil' á la ciencia. MareánD. GIURIATI. 7 DOMINGO GIURIATI dose entre Scilla y Caribdis..... se corre el peligro de ser tratado por los doctos como un profano, y por los ignorantes como un docto; lo que á los ojos de la mayoría. quizá es peor. Por fortuna, sea cual fuere el mérito del libro, hay algo en él por encima de todo esto: la gran justicia del asunto, la santa oportunidad del pensamiento inicial. Esta justicia y esta oportunidad son fruto de una mente educada en estudios serios, de un carácter honrado y firme. Re ahí por qué quiero poner al frente su nombre de usted, tan venerado. No dedico, ni ofrezco: restituyo, agradeciendo. LOS ERRORES JUDICIALES 6
.. 1 .. dSe habrá escrito más para sostener la infalibilidad del Sumo Pontí:6.ce, que pltra demostrar la falibilidad de 108 demás hombres, 6 viceversaP El examen comparativo ofrecería un interés práctico si los libros teológicos no tuvieran por modo natural, como ase, la fe, y si los libros filosó:6.cos hubieran indicado las .verdaderas causas de los errores humanos, así como el modo de evitarlos ó ,de corregirlos. Pero en las controversias religiosas, las demostraciones obran tan poco, que San Ireneo, en sus tiempos, ha podido formular una teoría (aparentemente) abilurda. Enseñaba que las cosas reveladas de la religión merecen mayor crédito que todas las demás. Esta doctrina tuvo enfrente todos los espíritus superiores de la época en que fué expuesta, y no pocos ulteriormente. En nuestros días, sin embargo, aunque no de un modo indirecto, con muy otros y muy,..nueTos argumentos, encontró apoyo en las disquisiciones de uno de los más eminentes soci610gos del mundo. Me refiero á Spencer, el cual, sin
quererlo, y quizá sin saberlo, llegó á análogas conclusiones, á las del glorioso Obispo de Lyon. En los Ensayos de ]Lorctl, y especialmente en el capítulo Leyes y causas del progreso, Spencer escribe: ((La discusión entre mate~ rialistas y espiritualistas es cuestión de palabras, porque cada cual se imagina comprender cuanto el hombre no puede conocer». Y, luego de esto, estima demostrado el teorema propuesto de que la ciencia fortifica la religión. Teorema que se funda, según Spencer, sobre dos bases cardinales, ambas muy evidentes: poder del intelecto humano sobre todo cuanto cae bajo la acción de la experiencia: impotencia, miseria, mezquindad, respecto de todo cuanto traspasa la esfera de lo experimental. Sólo el hombre ve que el conocimiento absoluto es imposible; sólo él conoce que bajo todas las cosas late el misterio impenetrable. . Ante eRta verdad resplandeciente, que penetra por toda la vida intelectual, dá qué se reduce-pregunto á mi vez - el victorioso aforismo de Locke, tan recientemente recordado aun por el profesor Mosso en su admirable libro sobre la Fatiga? Locke decía: ((Donde quiera que tengamos una decisión clara y evidente de la razón, no podemos estar obligados á renunciar á ella para abrazar la opinión contraria, bajo pretexto de que sea materia de fe; porque la fe no puede tener autoridad alguna contra las discusiones claras y expresas de la razónll. Decisiones claras, evidentes, expresas de la razón, son otras tantas frases sonoras, que rebosan seguridad triunfal. Pero, den qué signos se podrán distinguir éstas de las convicciones gratuitas y obstinadas de cerebros obtusos, de la absurda lógica de los alucinados? Con razón advierte el Sr. Renouvier que la duda reina por modo necesario, siendo los locos y los fanáticos los úni- (1) Ch. Renouvier. Les principes de la nat1we, De la oertitude, Essais de critique generalc.-París, F. Alean, 1892. ,.... s'egli erra La opinion, mi disse, de' mortali Dove ehiave di senso non disserra, Certo non ti dovrien punger gli strali D' ammirazione ormai; poi dietro ai sensi Vedi ehe la l'agione ha corte l' ali. 11 DOMINGO GIURIATI Prescindiendo del s'ignificado de moral vulgar, que puede tener lo de que la mente humana nada vale llevada por los sentidos, porque se estrella con todo su discurso, y recordando que Dante fué esencialmente un filósofo, salta á la vista el claro alcance de los dos tercetos: quiere decirse, que en todo cuanto no cae bajo la acción de los órganos de los sentidos, la mente humana se confunde, esto es, no tiene una guía segura. Dante ha dicho en verso lo que Spencer afirmó en prosa, merced á la experiencia de los siglos, que renovaron la faz de la tierra. Por su parte Manzoni, dando al mismo coa que tienen el privilegio de no abrigar duda alguna (1). Lejos está de nuestro ánimo, tanto combatir la fe como rebajar la razón. Pero parécenoa que cuando de fuentes de certeza se trata, vale la una lo mismo que la otra. La fe aplaca el ánimo y lo eleva, aunque no persuada la mente. Más bien, en sus conquistas, se aparta de todo concurso intelectual. Quien quiere atribuir á la fe la más brillante de sus características, la llama ciega. De hecho, Cremonino no osaba enterarse de las cosas de Galileo, por miedo de aprender aquello que no quería. , La razón..... tiene codas las alas, decía Dante en el Pa1'aíso: LOS ERRORES JUDICIALES 10
12 I,OS ERRORES JUDICIA.I,ES D01IINGO GIURIA.TI 13 pensamiento la entonu.ción ascética á que tanto propendía, escribió: ((Así como los errores científicos pueden ser en la mente humana obstáculo (L la fe, así las verdades reveladas pueclen ser auxiliaclas por la ciencia; porque, haciendo conoGel' las cosas en sus relaciones con el orden sobrenatural, ampliánse y extiéndense necesariamente su conocimiento, y, á su vez, la ciencia puede proceder de un conocer más vasto á la investigación y á los descubrimientos propios)). Hay quien 'intenta establecer un paralelo enbre las aptitudes humanas para los estudios experimentales y las aptitudes humanas para los estudios espe~ulativos,al efecto de inferir que las unas están en razón inversa de las otras. Traducída en lengua corriente semejante comparación, querría decir que cuanto más intensa y difusa sea en un momento dado, ó en un lugar da.do, la tendencia á consagrarse á las cosas materiales-ya científicas ó económicas, ya sea la electricidad ya las jugadas de Bolsa-tanto menos se ejercitará la mente humana con fruto en el mundo espiritual del raciocinio. Es algo así como una manera de enfriamiento de la. corteza terrestre, aplicada á la masa de la inteligencia de los hombres. Pero, dejando á un lado lo accidental para atenerse á lo constante, es lo cierto que nadie ha encontrado una medida para determinar la exactitud y verdad de los raciocinios individuales, ni nadie ha señalado jamás la fuente á que sea dable acudir para alcanzar la certeza moral. Descartes derivó de la conciencia la certeza de las verdades que exceden de los límites de los fenómenos naturales, y fué combatirlo por Hobbes, Voecio, Gassendi y tantos otros. Se aventuró Leibnitz á reducir apodícticamente la ciencia á dos principios evidentes: el de cont?'adicciún y el de la ?'w!6n suficiente, ambos negados por diferentes escuelas. LIL misma evidencia cartesiamt condujo á. Spinosa, Malebranche, Condillac, Berkeley á teorías ciertas para ellos y para sus discípulos, pero absurd·as para los demás: laudantu?' ab his wlpantur (tb illis. Con el propósito de reemplazar la metafísica exterminada por el escepticismo, Kant propone la l'az6n práctica, y su sistema tuvo el mismo éxito que todos los demás. En nuestro siglo el gran problema se ha agitado de nuevo y de continuo se ftgita; pero en definitiva no se han logrado más claras luces que las que al principio y~ brillaran. Para limitarnos no más á Italia, ¿quién se atreverá á decir que Terencio Manciani, Ausonio ]l'ranchi, Augusto Conti hayan descubierto acerca de este asunto particular alguna cosa más de las demostradas ya por Juan Domingo RomagDossiP Del análisis de las facultades intelectuales y de las innatas limitaciones que éstas inspiran, hubieron de inferir que el conocimiento de la verdad es el resultado de una combinación puramente fortuíta; pero no basta adoptar un sistema de duda sobre la falibilidad de los jnicios humanos, sino que conviene inclinarse hacia ~!na precisa, 1Jl'obab'ilidad de engaño, reconocer una copiosa, j?'ccuente, constante 1J?'obabilidad de 81'1"01', admitir una infinita probabilidad de la existencia del 61,?,O?' frente á la eX'istencia de la venlad. :La conclusi6n á que :Romagnosi llega á través de arO'umentos de una 16gica irresistible, es la misma á que b lleg'a, Bufron á través de las cifras, cuando consagraba el párrafo tercero de su ATitmética nwml á probar que la certeza física está, respecto de la. moral, en la proporción de 22, 189, 999 á 10.000. Surge aquí una objeción: todas estas dificultades se
He aquí cuál. ¡Feliz el hombre que pudiera considerarse dotado á la manera de Gualterio Haleigh! Antes de ser escritor hahía sido un viajero éiescubridor de la Virginia, un especulador que había introducido en Europa el tabaco, un Almirante que había "batido la Armada española, un gran Senescal que hahía gobernado el condado de OOl'l1eva.l y de Exeter, un orador que en la Cámara de los Oomunes habüt derrotado :1 los ministros de Jacobo I, un conspil'ltdor condenado á muerte dos veces. Entre la primera y la. segunda condeua;-cumplic1a mediante la deea,pitación el 29 de Octubre de 1618-gozara de una graci~t real que ]e permitió vivir doce ltños y medio prisionero en la torre de Londres. Para conllevar el tiempo de la prisión, este hombre, todo él de una pieza, escribió un trabajo importantísimo: la Historia del mundo. Hallábase ultimálldola cuando en un patio de la fortaleza se producía entre algunos presos una confusión infernal. El prisionero contempló desde la ventana, con la más viva atención, todos los detalles de la escena cruenta, retirándose con el pensamiento fuertemente impresionado. A la mañana siguiente acertó un amig'o á visitarle: la conversación recaía sobr.e el asunto, y le refirió cuanto sabía. ¡Oh SOl'- presa! El amigo, que había sido testigo inmediato y partícipe de la reyerta, le demostró que el origen, los detalles y la conclusión habían sido precisamente todo lo contrario de lo que él creyera. Entonces Raleigh, desorientado y confuso, exclamó: -(¡Oómo, en verdad, pretendo narrar la hi.storilt del mundo? Si me he engañado en aquello mismo que he "visto con mis propios ojos, dcuántos 81'1'01'013 no habré yo escrito? LOS El1ltOItES .JUDICIALES refieren á las verdade s abstl'actas y casi, por decirlo así, trascendentales; ahohl. bien: cuando no se quiere salir del tema de los cnores judiciales, se trata sólo de verdades de hechos, en CUYft investigación los sentidos obran más ó menos directamente; los sentidos, que siempre se han considerado como una fuente de conocimientos verdaderos. Sea. Ooncedamos la, hipótesis de que en la investigaci6n de la verdad que se busca por medio de los procedimientos penales, el Juez ve con sus ojos y oye con sns oídos; sus ojos serán los de los testig'os que han visto; sus oídos oirán la confesión elelreo. Má.s que una hi.pótesis, parece esto una hipérbole, porque entre la palabra elel confesante ó del testigo y los sentidos del Juez, está siempre de por medio la razón, que se encuentra ante la credibilidad de ambas, y las pesa y mide. Pero los sentidos por sí mismos, dqué fundamento de certeza aseguran? He aquí de qué manera formula la cuestión Pascal: «El hombre no es más que un sujeto lleno de enores; nada le muestra la, verdad, todo el engañO). Los dos principios ele verdad, la razón y el sentido, aparte de que con :frecuencia se hallan faltos de sinceridftd, se eng'añan uno á otro. Los sentidos engañan á la razón con las falsas apariencias, y la misma ilusión que le transmiten la reciben á su vez de ella. Las pasiones del alma turban los sentidos y producen impresiones tristes. Mienten J se engañan á porfía)) (1). Antes que resumir todo cuanto queda dicho en pro de la falibilidad de los sentidos, paréceme más conveniente indicar el argumento que se desprende de un ejel!lplo histórico. (1) Pascal, Pensées, arto 4, n. 8, DOMINGO GIURIA'fl 15
16 LOS ERRORES JUDICIALES DOMINGO GIURIATI 17 Dicho y hecho. Recogi6 el volumen y lo ech6 en el fuego, con aquel ímpetu juvenil tan natural en 61, á pesa.r de tener ya sesenta años. Pero el amigo lla.mÓ con toda premura en su auxilio á. la guardia de la. torre, y 1& Historia del ?'I1ttbndo, aunque en parte quemada, pudo salvarse. Desde entonces se ha ~mpreso, en ediciones numerosísimus, contra la voluntad del autor. Si este suceso no hubiera sido referido de ese modo por uno de los más serios escritores que se conocen, Guizot, si no estuviese contenido en uno de sus trabajos más fundados y solemnes, el discurso de apertura de la cátedra de Historia moderna, podría estimarse como una novela pura y simple. Pero dado que respecto de la seriedad del hecho no cabe sospecha, dquién podrá vivir seguro de que el caso de Raleigh no le haya ocurrido ó no le ocurra? Aun cuando, pues, sea verdad que eÍ juez vea con los ojos de los testigos como con los propios, y escuche de la voz del reo algo como el eco resonante de la culpa, habrá que temer siempre, recordando que el hombre no posee, ni aun en los sentidos, una fuente segma de la verdad. 1'08 lamentos de Jeremías de que el pueblo de Jerusalén tiene ojos y no ve, oídos y no oye, se aplican á todo el mundo. Para vencer, 6 á lo menos para neutraliza,r la innata imperfección de los magistrados, independientemente de todas las instituciones orgánicas, procesaJe's, proba_o torias, cuyos defectos se habrán de notar poco á poco, el género humano no puede escoger más que dos recursos: llno que se dirige á la potestad divilU1, y el otro á la humana. A la potestad divina se ha acudido mediante la oraci6n 6 ruego que precede al juicio. ¡1;iJn cuántos pueblos y por cuánto tiempo no se ha invocado el auxilio supreJJlO autes de dedicarse á la sublime funci6n de dictar sentencia! A veces, la invocaci6n era solemne, pública, apa,ratosa; otras, recog'ida, casi sécreta. Aquí, por disposici6n de la ley; allá" querida por la piedad del juez. Nosotros mismos record1.11l10s cómo durante largos años, después de la proclamaci611 del Estatuto, el 'J.lribunal de casación de rrurÍu uo abrÍ~ sus audiencias sin que antes los Consejeros, con su toga, babero y toca, hubieran oído la misa en la cltpilla <1el palacio Paesana, hallándose á su frente el presidente José Manno, autor venturoso, y un tanto volteriano, de nn libro sobre el valor de las palabras, y otro sobre el de las frases. Desde luego se comprenderá que no puede entrar en nuestro pensa,miento expresar una opinión, ni respecto de la eficacia de la misa sG.bre la sentencia, ni acerca de las relaciones que existan entre una solemnidad religiosa cualquiera y los. Consejeros del rrribunal, los cuales acaso no crceríl1n en ello. De ordina:ri.o, se prestaban todos á h1 ceremonia, que después del presidente Honot V' l' . .." t' t 'd t J Id l'n, '0 19' lftlll ..:ue sus 1 ll1. a con una, 'azl1 Cle ca o, que hacía servil' COD tocla, regularidad después de las tres primeras horas de audien cia á cada miembro del 'rribunal, á fiH ele qne la debilidad no se apoderase de los jueces. Pero, rela.ciona,ndo la más augusta de las solemnidades cl\,il611icas, el. sacrificio incruento, con la más augusta de las funciones civiles, hL de juzgar, J examinando por cnlÍ,l modo puede emerger de tal relaci6n algún provec1 o, pm'eee toclo ello encaminarse ti, obtener un apoyo qne, obrando sobre el alma del hombre impid~ que cie¡'tos iJJ.fl.l1jos tuerzan su recto jui.cio: tales serían la parcialidad, 1[1 f¡1lta de atenci.6n, los afectos benévolos Ó IJ.:w,lél'olo,s, las antipaM.as gratuitas ó irracioua.les, la tendencia á dormirse cuando suena la voz de los abo2
gados, desgracia, más comtm de lo que se cree, y la cual, según Plutarco cuenta en los ,Apotegmas, padecía Filipo de Macecloni~l; é influjos éstos que pesan en la balanza de la Justicia" todos ellos de c~lráctcr subjetivo y que nada tienen que ver con el fin del juicio y con el logro de la verdad. Ahora, espel'ar que el socorro sobrenatural haya de convertirse en unll inspiración del raciocinio, ó bien en una sobreexcitación de la facultad intelectual, implica una manera de indiscreción por dos motivos, uno más visible que el otro. El primero consiste en que no se debe pretender de la potestad divimt el diario cumplimiento de un milagro, como sería el 10gTo ele aquella inspira,ción ó sobreexcitación intelectual. La sentencia ele San Agustín, De1tS sol,¿ts dator ve1'i, no achLra los artículos de los códigos humanos que se quieren interpretar. Com;iste el segundo en lo irl'lLcional de esperar que la Divinidad acomode los criterios de su cotidiana providencia á los diarios criterios de la justicia humana. dQuién puede pensar en que aquéllos VtLll á someterse á éstos? ¡No pal'eee sino que el interés de averiguar una verdad judicial pnede competir con los intereses de Aquél que, sentándose en las alturas divinas, se hizo hijo de Adam, vivió entre los pobres y quiso padecer vergüenza, dolor, angnstia de muerte, probar, en suma, todos los males, hasta el desengaño y la traición! Pasando ahora al medio con el cual se esperó conseguir ht verdad recurriendo á los expedientes terrenos, redúcese aquél á multiplicar 108 jueces merced al aplaudido axioma magis vident owli quwrn oc'ulns, que, traducido á la ciencia constitucional moderna, quiere decir: aclrninist1'((.?' corresponde CÍ, 'uno, }1uiga?' es co§a de ·V(wios. Tratándose de instituciones terrenales, puede uno disourrir y criticar con entera libertad. " UOl'n. hioll: si lttLj' un llaíS en el clutl la justicia se ] 11 ' J 'lC]'} el'> una íLUl'Cob de re\'ereIlCia y de crédito, 1:1 t~ tOCte, " <- -"'C .J. {'en'\ clollcle 1:1, ~Ilnyoría, de los jui.cios son obra (-J~ _ Ilg .1) c. , • ,). J ,: "" noJo ''jrr es clUA hLS clo[.es esenCIales del ma.- Cl e 1111 .1 1 0,>,," •.- . L'istr;l,(10 CUl\.]H10 juzga, solo es cuando se clesenvnel- ~!,)Ll w1tm'[I, 1l.1Gnte cle un moclo completo. La probid!lJd y la independencia de caní.cter están en razón de la, ~'e8poJJsa))ili(1f¡,cl, que pe'a por entero sobro él. Enla ardua ta,I'CCI, en qne se compromete, manifiéstanse con más -fuerza 1:1 penetración, el estudio, la voluntad. No puede pretendel''''e, (lnda. la naturaleza humanac qúe ocurra lo mismo cuando los jueces obran congrega- 'dos. Cuanto más numeroso es el colegio, tanto más Be .U(:}b.ili.LiL y c1isllliunye la, responsabilidad. Poco á poco se "f:OI:J.n:J un espíritu dc cnerpo que insensiblemente pasa a.e OJ'f'!;nllo::;o (L Lles])1'(oeiCLc1Ol' de la opini6n pública. Ram, V(~Z ,;8 {;)'opiL,;t.iLU hOll1bn-"s que, se decidan á consilgrarse :e¡I.!:ibOS8.lneld:o· :11 Gr3tudio 1)01' amor á In. corporación; en 'g-eIJ0ral s(~ l?i'\:líiel'~ obrG,r sin gnlll esfuerzo. Ni se crea que >1 J:lÚUJ8rO ~,~~ciDa la 8ll.lnJaÓÓll en!jl'e los compañeros: ::lllielJ. sig}J, ele cerca cn;wto ocnlTe en ln. CámJua del Tl'Í- -bllual.--aL v.ierte Benthn.Il1-SILUG qne las cosas pasan de otl' wocl : J; :LCJ nies~0111,ül aJ ascellClient,e de un jefe es el selll:iUlicnto ha1JiLL1[d, :1, l.uenos que la corporación 110 s' Jil'id:l 1: varios partí lOS, Gil cnyo caso resultan iu,· ~On\'t.JJ ¡,entes toda vía peores. l?u~.c1e :: iírLcl irse qne, cuando los jueces se siellt~m en .el ·'n'eópa.go, tienen el terreno abonado para su imperio '~oüos los :Lbuso[;, '(-,odos los fmmles, toclas las componen.. <J:L8 .r lJ]'CI'¡'\l'i,:aeion8E: inll10ntles propias de las 'asam.. 'h1,~.\.8. I';'~l'a, lWili' otros términos, diré que la diferencia está el;:' (-::fiLo: si un juez único se lla,ma JeffIoeys, pagará Clilll, <;\l (~n(')'p(l, V8stir:l.Se de marinero, cubril'ás: de polvo ele, 19 ))OMINGO GIugrATI LOS EI@Ol~E;S JUDICIALES 18
carbón, disfrazaráse, en suma; pero al fin la muchedumbre lo reconocerá, implorará como una gracia ser prisionero y en la prisión será ahorcado, Lo cual, cuando menos, sirve para demostrar que un juez único paga por sus hechos. En cambio, jamás se paga de ese modo por los jueces colegiados, Pueden fusilar al mariscal Ney, absolver á Frine y condenar al g'en8ral Lobbia; lo hacen impunemente. Ante nadie l'esponden, Su nombre se pierde en el número. ¡Hasta la Historia los olvida! ciMas por qué se ha querido indicar toclo esto? No se comparan las dos instituciones para saher cuál debe elegirse: se compara.n sólo para averig'uar si el magistrado colegiado pronunciará sentencias más acertadas y justas. Ahora bien: si es cierto que la8 sentencias deliberadamente inicuas, las corrupciones e.scandalosas y los de·· más males, obra de un coleg'io jllc1ieial, pasan libres, inadvertidos, y, 10 que Dios no quiercl" tenidfLs por oráculos por la muchedumbre elominadfL por el aparato y el número, tfLmbién lo es que no hay público que haya concedido la presunción de sabid nrÍa á las congregaciones de jueces. Antes al contrario: siempre las estimo con cierta ironÍ.lt; así se estimaban en. tiempos del último Leopoldo ele 'roscana, cuando Sa.lvagnoli puso ante el Tribunal ele Apehwión ele FJorencia e,~te anunci9: «Se venelería, por poco dinero el 'l'ribun::tl Real, máquina ele vapor de veinte sumarios ele fuerZfL,» Tanto como los jueces colegiados han ganado en punto ú impotencia, tanto 1l8,n perdido en crédito de sag'aoidad y de justicia. y con raz6n, Para que la opiniól,l general tuviese otro concepto, serÍ~L preciso que todo miembro elel Tribunal pudiera dejar á la puerta ele la. sala la impedi- _ .... 'le sus !)rol')ias clei.iciencia,s, todas sus limitacioi!H.n"a. ()' , , '811¡-nle"' sus a'l)atbs, sus criterios falaces. tll'9¡-' I)J JI\; ~,' pero llel propio mo'do que ningún hombre, ni aun . 'clJ"'nte UD esfuerzo, Jwede despojarse de sus propios );¡j(, " • - ,1efoetos IJar el hecho sólo de penetrar en un sanedrín, y Gil ,:st las doficienci[l,s, las limitaciones y las demás ca- '1':1,cterísticn,s inte18ctua'!es defectuosas acaban por estar ;~I) m:,.yol'b, así. 01 píd)1ico llega á dar por bueno que la cer1;~~za J' l:t boudacl de los juicios esbíll en razón, no di1'8cl;;1, sino jlll'Ü¡'S,L d(~lllÚmel'O da los jueces. J~:1, m:1gisbmtl1r:1 colegia,da, pues, será propicia para i.~1. edil' 1\10 hs l'eróponsabilidades oc1i9sas so persollifi- (¡Ut¡¡n, OPO!'i;UIlfl. ¡ml'il, nwestir de solemnidad y majestad ,,"s , ,_,~i;;-iol es, cómoda para qne los jueces discutan y "h4()jl(~Il; 1)(.1'0 se prCSel1bL como un l'ecurso frustrado en (~l)lJ,;,')pbo al:: lU :dio pilr[l, obtener respuestas más seguras, :f' de P.l'l'.lséiT:Ltin) conb';l equivocaciones fraudulentas. 1tl)' Jo c1em:1.$, no ,Jebe creerse que fuera ese el fin pri 11 (;i,'paJ, ¿lQ la, instihl¡;iúll. Algún filósofo ele buena fe 10 lnlor:í, n,c;¡,rici.¡¡,,10 :¡,c:I,so, 'j' a.CfLSO lo hfLYlt queri.do algún It..gisbdol' ,u jUl:ldo [Jor 81 e,;píl'itu de reforma. Pero, his- '[i61·j~:I.I.!lr::llk, ! l't3$toilll1ielll0 de la reforma, que quita la j llrisc1il;ci6 1 ;1, 'i\ioisé' SI',O't1il lo "t,octl' 0'11" el De t -, 'C" ,L v~ b '" U eronon io, p;¡l';b CODc8d'~l'sd:l, ,. los sete utft sabios, la justicia J; 'l1,J.:d, wilitar Ó .et~;;;i;ístic'L, tUlro siempre en sus orÍgeDM; llllly olil'OS olJjetivos que el de descubrir la vei'dad. ¡UI'¡lndiO cl[~l 1)0(101' '30úel"Lllo f'ue' eJ'e 'el 11 ' " ' rCl a con aque os 1'.11)(108 ~llle mejore,] pMecían para iuculcar en el pueblo unsaludable temOl'; constituíu así parte del I'm,peJ'i1~m y ~ú. ~ue de su substancia., todos se Ocup~ron en sus ap'a~ rlenClns y forma D . el 1 ' " , . eSV1tt o e pnoolplO en sus ol'~O'enes t relarOn por d' t. • <:> , . me 10 OIl1'OS mtereses, quedando lo de des- -<;ubl'lr lo'; reos' 1 1 . , • J'" } o (e aV8l'lg'l1ar la verdad muy en segUlJdo ~t.l'lnlllO. 20 J,OS ERRORES JUDICIALES DOMINGO GIURLiTI 21
LOS ERRORES JUDICIALES aLa justicia emana del Rey»: tal es la afirmaci6n que brotaba de las antiguas leyes, consagrada también por el artículo 68 del Estatuto italiano. Pero el carro sobre el cual, al decir de Mommsesa, los primeros soberanos. germanos administraban esa justicia, debía estar rodeado de hombres de confianza, de consejeros, de cortesa-- nos. ¡He ahí la verdadera génesis de la magistratura! Realmente no es verosímil que enmedio de la COD,-' fusi6n de tantos intereses, se haya agitado y se resolviese el problema de si la,.certidumbre moral surge más fá-- eilmente de una conciencia ó de una votaci6n. • II Si fu se 6stc un tratado 6 una lecci6n, 6 cuando me· o DOS una con1el-encia, nlltUl'almeilte sería necesario comenzar d finiendo el 61.'1'01' judicial. Pero no siendo nada de eso, y temiendo que la definici6n degenere en confuo. si6n, me doy por contento con ofrecer una idea de la cosa, para que se ~ea c6mo yo la entiendo. La idea v~ como recogida en un lago cuya ~uperficie está tranquila y límpida. Arrojad el cebo 6 el pedacito de pan: un pez lo traga. Entonces el agua se agita en anillos; esto es, describe alrededor una porci6n de círculos concéntricos: el primero, que es el más pequeño, provoca instantáneamente un segundo, algo mayor; de éste nace un tercero, mayor aún; el tercero produce un cuarto mayor que todos, y así hasta el último, que se confunde con la superficie plana. Un minuto después, el espejo del agua surge terso y tranquilo, quedando el lago en calma y límpido como antes. Fen6meno muy semejante ofrece el error judicial. El primer círculo se forma por el caso más simple' Ticio, inocente, resulta condenado en lugar de Cayo, culpable. El segundo gira á la inversa y es más amplio que el
Cl.) L(( ¡en'o pi'o1nisse, 1892. Ed. XX, p. 272. -: "t! consti~uídopOl.' la gran categoría de los Lill (~~I~.:n tes (-)o, ,¡¡, desconocidos. ue el a.ire yla tierra donde la culpa se El oa.so en q lt el denuncia el nombre del culpable, el caso haJla sepu a a , D · ~11 al 1'eo haci[l, 1ft confeSIón, el caso en en que lOS gu . é te revela. inadvertidamente, ocurren Slll duda. que s se ,. " J;'eI'O t do ello es excepcional, y no Sll've pa.J'¡), fuudaI sm m:~¡s nn:l, I:;eol'ía,. La n ayor parte de los delItos no se coj , ).'l') s; lo;: PJ al "n,dos no alimentasen la esperanza 1:D1, ,L ... ' , • • .,. • ele quea:'I.l' il))Pllll(~" YrlGl que acaso algún inocente pag1lt3 h elllJ?:), , r,;I, Ob;;(~l'vn.óÓ1J de Iloul'get de que «desde que en el -" ) 1 ) \' ('I'¡ll)'lh\ps )' (IlIP se oeuHan, la conciencia del , ::rl\lll~l( 1: J .". ", • 1)):11 1.1 I)CllQ' los illlJ?ubl le excesos de disimulo, rayanos en .L:'1•.i.wl J:nc1.i:lJHoia, 8S UlJa, observación de psicólogo avisado v .1,~,~'c\,rli'l' c1e tlsieóloo'o que rivaliíH, con Dostoiewsky, .J 1;,0'';'0' ~-" - J,;' o pr"l'O )]1) DOS ohlig;}, 11 cfl,1l1bÍllr nuestro disCUl'fJO (1.). DI:' bet;ho ;~o se conoce orden alguno de asuntos te~ l'l'I_LI;):lc:s, como \~I qlJe se reflete al c1eseubrimi.ento de los m:~lJ¡e(,1 o,es, :11 que cmúlrcu de mejol'lllanel'atoc1os aquellos ]?J.'O\1,·,l'bios que en los difcrentes pueblos existen, vl?l'big'I':'I/;i:I,; In, .' J'd:~d está en el foudo de un pozo, la vera.:,) él es JJlII(l,l, 1:1 verc1ad es uua y,los caminos del error iU-Q' . OS, la veda,el cuesta. mueho decirla, y á quien dice la, \,(,l'a;1 el 1<'.'. ;I,lwJ'l.~n.l1i pllra. vCl'llü.c1es el tiempo, la, verdad f'llJg';lj(J'[l, l)élios, )' a'-i discurriendo. EIILJ:l~ los obst{Lcnlos que se leVfLntan contra el des- ~IJln:i 1,1J.Í1,1l (;0 del reo, el primero es la calulllnia, de la el):I,1 hac(') aq,uél u,;o lJara. alejal' ele sí todo rastro elel deI.ibo, 6 bicm oLros la emplean para dar rienda suelta á P:'1·SiOJ.ll.S insanas. Calumnia en acción la una, calumnia 25 DOMINGO GIURIATI LOS ERI~ORES JUDICIALlf.S primero. :rrn reo, en el curSO de la acusación, logra pasar por inocente. ¡Y ojalá fuese mayor el círculo! Si el círculo ele los reos tomados por inocentes no fuese mayor que el de los inocentes tomados por culpables, resultaría, sin más, desolador. :En el tercer círculo están todos aquellos que son re~ elucidas á prisión por sospechas de haber cometido determinados delitos, y luego, culpables ó no, recobra.n su libertad, porque no hay pruebas para mantener la acusación. A primera vista parecerá que este círculo no tiene nada que ver con el asunto; pero, fijándose, se verá que aquéllos habrán caído en la cárcel por error. El cuart;o es el más confuso. Todo el lago del símil no basta para comprender los errores que en él se llueYen. Allí está toda esa infinita cantidad de personas que fueron ó son á diario víctimas, no ya de jueces extraviaoos, sino de aberraciones sistemáticas, apriorísticlLS, histórico,s, religiosas, derivadas de prejuicios cruel6ls y de la imbecilidad humana. Quien intentase separar los tres primeros círculos ele éste, se ocuparía con 10 menos, desconociendo 10 más, Ó mejor, ateniéndose á los efectos, olvidando las causas. Suplida de este modo la falta de una verdadera definición, podemos continuar. Conviene insistir sobre la grande é incontable frecuencia de los érrores. Después de las verdades abstractas, cuyo conocimiento no es dable al hombre, vienen las morales, que Romag'nosi llama complejas. Entre estas, las más difíciles de descubrir son las que se refieren á los delitos, porque el delito se comete de ordinario en secreto, viniendo las astncias del culpable á aumentar la obscuridad. Por eso precisamente, atendiendo á las férreas indicaciones de la estadística, se verá que el mayor número de los de-
proferida la otra, no sé cuál de las dos es más temible, cuál de ellas es más grande obstáculo contra la verdad. Recuérdese que el primer proceso humano relatado por el más antiguo y más sa,bio de los libros de la Biblia -el Génesis-ha sido un proceso por calumnia; la copa de Benjamín, una calumnia en acción. En vano se pone de manifiesto la triste farsa. En vano los hermanos se abrazfLll y lloran. La catumnia es tan fUBl'te, que en la distribución hecha por el padre J acob, Benjamín es calificado uun lobo rapaz que á la 1,11añana comerá la presa, y á la tarde repartirá sus despojos)). Después del Génesis, la calumnia se multiplicó, se refinó, perfeccionándose. Ningún requisito se ha exigido para dar lugar á las acusfwiol1es más gratuítas é increíbles. En el siglo pasado, buena parte de Inglaterra odió por largo tiempo al dipuüvlo Wilberforce, porqne el célebre protector de los esclavos era un mal marido, que golpertba á su mujer. Luego que la acusación triunfaba, se descubría que el inhumano era célibe. Es muy cierta. la sentencia de la comedia de Scribe: «Calumnia, calumnia, que algo queda.)) - Al medir las consecuencia.s de tan perpetua y fre-- cuentísima fuente de errores, es preciso tener en cuenta la natural tenc1enr,ia que el jClez tiene á prestar fe al mal, hasta el punto de que cuando éste se ha disipado, antes de abandonarlo, á menudo propende á matar dos pájaros de un tiro, viendo si será posible condenar á un tiempo al calumniador y al calumniado. y pásase aquí, casi sin sentirlo, ele los obsMculos al descubrimiento de la verdad que radic¡¡,n en el hecho, criminoso, ó, como dicen los alemanes objetivos, á los que lo impiden ó lo dificultan, y que son propios de los. jueces, radicando con ellos en su fibra, congénitos ó ad-, qniridos. I,'hOlllIlJO l,st \le glacc aux vérités J:\ c,t \le I:en pOll1: les mensonges. 27 Do~!INGO GIUIUA'fI --" l'siino'llir llar el momento á ningún No ha,y (lile (l., b .'• - .' .t ue sea magistrado ó Jurado, mIlItar 6 'uez' nO lInpOl a q . J . haya hecho otra cosa en su vlCla que lesióstico, que no . . ea J'uez de ocasión, árbitro. Es el Juez juzgar, 6 qu sea b 1q Ue ahora. contemplamos. boro re e . 1 d dt La mente humRna es ele ta manera, ¡Triste ver n .... , l"L nJlrL rel)rU.flIanCla haCIa ht ver dad, mlenqU¡'~ es.pcnPloJl " ' ,.t, • • , " l' lJ lo falso muy pelJO'rosl1 sedUCCIón. ~1:.- s l:l'¡er<;e ,,0)1 e e rL '" • , Do r:~í.:( lJfl.ul·iento intuitivo 6 simple -la deja fna: Los ,. o (1 ~ 1'1 ,ej. l' n] e~(.ticr\' las cavilaciones ele la curIa, las SQiJ~mao' ,~ ,," '"' , Ij.-'n!'fU; )'(~tór'é:lS 1f.lo fn,scin an. Parece esto al pronto un.a '" o' 0'- j 'ish lJero na hay tal: es un hecho adml1~:'Ir:1.(;I<)]:'I. I~H~lJ 1 '. ''', . , o'., D-l' 1n..' JI'I,'IO v'lI'indos escritores, desde los filosofes ,'¡u(l Jo. v,) \ "J \' ~, '1: s· jJOC~llS, eon In, solft diferencia de que mientras ési;os esUí n ':f1Jisfechos con a.t,est.iguarlo, aquéllos argnJ) enr.:UJ pa,l'fL 0:'\.101ien,)' su razón. Ahí está Lafontaine, el 'n:).l, J'cf:h:iell10 Jo del escnltor i.luso que cree que de un 1eila<lo ele 1l1(¡ l'Uloi hnbí.fl., creado á Júpiter, deda: );.Li eS!;:1, lhcolJ, 811 el prilJlOl'O de sus Sermones: «los )¡QT.l) bJ:é~ D,l1J:l1l lo Lrh;o, no s610 por causa del trabajo qn0 );)ide d cles(w1Jril' lrL vl~rchd, sino por el deleite mismo qn(~ lo f:t1.so pI:o(l II ce)). Na,tli~. Slo.:Tl1l'il,mente se confesará á sí propio, y me·· DOS :1, Los delll:t,s, qne cojea. de este pie. Por el contrario, t:OaM; Sfl (lee1nrrUl, ante todo, amigos de la verdad y enemj g()S j m:ldos del error. Pero precisamente por esto, el vi(;io i.Ll Ld~etmtl. resulLfL más temible en la práctica, pues se proclnee insidioso y obra sin saberse de él, y contra la ol UIl tacl. . y además PO)' otro motivo. Porque el amor de lo falso "e:" l 1\ nml eomún, no hay que creer que el objeto de LOS ERRORES JUDICIALRS 26
tal amor tenga un tipo único para toclas las inteligencias. Antes es preciso inclinltrse á la creencia opuesta, pensando que tantos cua.ntos son los cerebros humanos, -tantos son los ti pos del deleite que Bacon advierte. Estos tipos particulares, por extraños que sean al objeto de la verdad que se investigue en un juicio penal dado, se abrirán camino en la mente y en el ánimo de quien debe juzgar, y triunf:.1.rán mostrando aquello que es ilusorio y no lo que es real. Por tal modo, el criterio, fundado sobre falsos principios, llegará incontestablemente á falsas consecuencias. Ni hace falta ser monomaniaco, ni alucinado: bastlt ser hombre para sucumbir á las p1'e1Jenciones. Uno ele los más insignes eruditos de nuestro siglo refiere á este propósito qne Galileo veía en todos los más grandes fenómenos terrestres el impulso diurno; que LouvilJe veía en todas 1:18 observaciones astronómicas el giro de la elíptica, y que Leibnitz encontraba el principio de lo discernible en todo corpúsculo. Por su lado Balmes, no sin cierto humorismo y sin referirse sólo á. los astl'ónomos, hace la obs~rvaciónsiguiente: ((Así como Don Quijote creía ver en los molinos de viento gigantes yen las ovejas ejércitos, así un sabio testarudo puede, con el auxilio de un telescopio y demás instrumentos, descubrir todo 10 que bien le parezca». Mas, ¿será preciso ser sabios ó pensadores, esto es, haber introdncido en la fort,aleza del cerebro una cantidad de ideas, de conocimientos, de convicciones para llevar al juicio todo ese contingente de obstáculos que cambia lo verdadero en falso? ¡Cuidado! Siendo la resistencia provenien te de los prejuicios un vicio in telectual y psíquico que radica en la naturaleza humana, no corresponde sólo á esta ó á aquella clase de hombres. Es un impedimento que grava, mÁs ó menos, á todos, rompe la línea visual y obliga á percibir un pesO que .' 1 d de un l)Unto de vIsta eqmvOC!L( o, persona13s cosa.s es J: . to es distinto del verdadero. El fenómeno se bilislIll O; es, . L 1 observación de qmen lo sufre, por la, poca ~!IC{bpa u. a . 1 . que da á las cosas mlSma,g y la muc la que iroportanoHL . , d L SUS propios pensamIentos. De al11 la. tenelenconce e ~~ . . , '''1'; tom'Ll' 1)01' excelentes ra,zones pa,ra deClCl:1, gf::~ue) (\; ,-u '- • • • ~. -. \. -, (llC 110 son sino SImples ImpresIOues. Úll'"e, ,.1,::; ] ' • No .lJa,y un hombre gue no tenga, fe en su propIa . t.. .' c' o' •1\'1'\'(-h08 aclemás, creen poseer en conciencÍfL lJJ ,lIl, 1. 1.1 ••1) " ., ~~l !;o.lr-.lJJto (lé) In. lLdivillación. , n,u. ;.):í~)1I11'Io no~able del fenómeno intelechmllo cueni::¡, el. il'ld:Ol' en el ejercicio de su profesión. Teniéndolo á, m:HlO, piae vel'J.llt para, exponerlo, ahonando así tiempo "ai \':'1 ",:tciones meto.físicas. . ,_ t~ Dcfelldía ;wj/J el T.ribullal ele los Asises á cierto .I?).·oc(o)saélo por J:Oho con homicidio. La víctima había sido ,Sbl.':IUgl1hl.<J:'Io, y bs huellas ele las manos se veían o.l,l,1'o.S 011 el c.nello acla Ulujer. Era. nna cansa. indiciaria LI:J\.l}' f(~c.il P¡\l':·~ In, d€J.eJ18f1.. Las eoujetuJ'as ele cargo no resis[¡ivan l,j'1111J:Lt", de LL disensión pública,. Corno éstas l'GS\I 1I¡:1 1'011 (n.l:v¡es 6 iun.<1misibles, fácilmen te se demos- '[;1'6 (e (¡1 ;tclls:.~(l DO sólo no podía l1',ber cometido el leJito, Ú1.lO qne llL culpa tcnÍfL que recaer necesariamento 80'br1>, otros. Después ele brevísima deliberación, los .illl'~l(los Jici;;lI'OI1 v(}rcc1ícto negfl.tivo. El mismo día se slll~o-eos::l, lldurn.l en hs cimbdes pequeñ:ls-qne tal. "'0J:e úc:ho LaLL, sido votado por doce no eOlltm un sí, y ':' W:l I::l ;'f, pertellecín. precisameni;e á Ull caballero joven, :iJ.l:!ielig'elltH, serio, muy ilustrado, qlie ocupaba uno ele Jos c:¡¡:l'gos principales del común á sa.tisf'LccÍón del púbLicéI. Jl.l.te1.'8SÓ n.1 defensor conocer lrL~ razones qne podían l(:I,bo!.' illc1ncido llJ jurado á, separa~rse del sentir unáni. 28 LOS J~RRORES JUDICIALES DOMINGO GIURIATI 29
30 LOS ERROlUilS JUDICIALES 'J)Oi'J"JNGO GIUltIA'l'I· 31 me de BUS colegas; al efecto le interrogó confidencialmeute. Re aquí el sencillísimo diálogo que tuvimos. -dEs verdad que votaste por la condenaP -Es verdad. -¿Querrías decirme por qué? -Sin inconveniente. Soy impresionable, y doy más valol' á la,s impresione;; que desde luego recibo, que á todos Jos argumentos del prójimo. dNo te has fijado en las enormes manos que aquel tenía? ¿No observaste como las movía de continuo? Sin aquella enormidad y sin aquella movilidad la pobre mujer no hubiera sido destrozada. El defensor quedó atónito. No poc1í~L imaginarse c6mo después de haber transcul'l'ido una semana y de haberse durante elüL habbc1o, y discutido, lUtsta la exageración, demostrándose lu. inocencia del acusado y la posibilidad de que el culpu,ble fuese otro, el jurado más culto é in teligente había defij arse en 'l1lu¡, particularidad tan confus¡¡, y. equívoca como la que el procesado tenía, al igual que muchos hombres, parando sn juicio ante un:\, apariencia que ninguua relación ne~esaria ni directa guaré1¡,.ba con el hecho, apariencia qlle implicaba una indicación precisamente destl'uída por otra contraindicación. ¡Qué razón tenía Daüte cua.ndo en el canto de los teólogos decía: Voi non anclate giú per un sentiero Filosofando, tanto vi trasporta L' amor dell' appa,rellza e il SllO pensiero! Pero f1ún son peores lf1s prevenciones de los ffin.gistrac1o". FOl'márOllSe i1J munere, y encuentran in munere asi.ctLH1 aplíea,oióll. Los magisLrac1os--y 1mblo de los buede loa iuteUgentes-contl·a.en fácilmente con la nos y . t .. t 1 6 i . . con 11\1 práctica 01el' 08 VlClOS, men a es psCIen la y b t d ... . . que nO s610 influyen so re o o su JUICIO, smo qOICOS, ' que lo tuercen hasta privarle por a.delantado el oal'actel'. ele \'c¡'(1:.ldol'o. El J.¡{is dirnso é intenso ele los prejuicios-se habla ele "t;¡lia, J' í;ólo })[\,rn. Italia-consiste en la c1eferencia . 1 . , ,;iega.l':LCl:l. ft <1.r.nsa,Clon. ]:.l¡íI.lHLllSI'\ i esl~os j118ces en J¡¡, cmi[\, neg1'os (ne1'í), y SO)'l IIn)' 11111110 'osos. Rej-j,J.'j 'nuo:;c (L UtlO (le eUos, c1ecí~L muy bien Michelot: 'il ~,,1. /'M~il)L(./·' si!,)' Glil son a:f.Y'aÍl'c, cclt~i qn'on lt~i amene iJd Cij)'¡'cl";niYtn,,n{, MI'l/'¡Jullle. El tipo ele aquel hombre es el de .L'J 11 c:1108. Si Sl~ les .llil,Il.1H~;8 (¡, Cliscu]lmrse, no fn.1tfl.l'í.an buenos ~~II'gllll¡(~J'lt03: 'In, il,::fel'ollcia cieg:,], hacia 18, acusaci6n sig- :cldica d l'C~pC[;0 (lebido al ~l c118<1,(lol' público, magistra1.111':1 he'l.'\11:1'1I:': ele b eunl I.LllldlüS ,mlieron ayer y á lf1 que ),1,0 J;!ocos 1'01.\'01':111 lll,!,ñmlaj significa. el re:::peto tan na~ hIJ~';d ¡:Jll,(;i;~ el Jlt-/, inrd:l'ud.oJ' y hacül, 1:1. Sala, del Oonsejo, (¡NDplles~;,L ele colog;:H:, C;l.ruc le nnestra carne, sangre de 1,I~e t¡':I, s<tng¡'<;¡, los GUa'!eR p:1S'l.n:í, ser de los nnestros y ,í. JI):; Guales .no podemos desn,Lendel'; significa resistencia dehW:~, fí, Jo¡, 11.'OJ:CHi6u libre de los el.efensares, que á diaJ:io cl.plical.l. nncyos ]'ecm'sos lJll.rll. s(\,c~U' (L sus clientes de hls G'¡'nrLs le 1<1, justicia. Y mC\,i; :l,IIJ1: la propensi6n hacia ~;), a.cl1sn.cióu ene en el foro interno de nuestra concienóiF!J, .f CI);II.1c1o 8sta se ludb 8atisfeclm basta: nadie tiene ~li::l"ecIJo d, 'pfmetrar en ella, ni. siquiera el Tribunal de CCI$o,CjÓIl. Tú¡' ley no c1ll. b '~a3¡¡' de In, prueba; podemos, PCI(~S, \':l,l,niu'h como queramos: ést.e es el sello de nuestro C:'". ':í.(~kl' inclepGnc1iente. Por lo demás, ¡sería curioso que J11:11~(IhnR8IC61io'o _',1 t' 1 . .' '. ('" no ],Jhle eneJl 'n, fI. os Jur~taOS de los li.c0io,' p01' los c?(.cde.~ se han con'venciclo, á 10'8 jurados, que
nada saben de leyes, nos la pidiese á nosotros, qU'~ nO' hacemos otra cosa en la vida que estudiar tales leyes! Realmente, no sería difícil replicar á esto, Se les podría contestar: ((estáis engañados, queridos señores; si Italia abandon6 con la teoría de las pruebas legales las enseñanzas de Farinacio, Julio Claro y Carzopvio; si rechaZlL los principios legislativos de la escuela germana}_ que pesa,ba los indicios en la balanza; si todos los días call1inft hacia adelante por 1ft vía, que conduce á los jurados en toda materia penal, lentamente, sí, pero sin cesal:, es que se inclina ante la máxima de Beccaria: es ~nás segu'ra la ignorancia que jttzga p01' sentúniento, que lc~ ciencic~, la cual juzga P01' opini6n. Pero sería esto una blasfemia, si el hermoso libro que ha dado la vueltpu al mundo no se hubiese apoyado en una razón. muy luminosa: lc~ cB1,teza, esencialmente 1'eqnericla en lcts mate1'ins' legales, no puede enCe1Ta1'Se entre las j'eglcts cienUjicctsj cleswnsn en el senticZo intimo é innnto que á toelo hombt'e guín en los Ctetos imp01'tantes ele la viclct, y POj' esto los j1wados' son los tnejo1'es jueces de los delitos, Es preciso Iija¡'se bien en. el sentido íntimo é innato, único tít~Ilo que prevalece por sobr8 todos los demás; título que puede descomponerse en dos partes: "irginida,d de la mente y del ánimo; atención fija, solemne, religiosa. Ahora bien: ¿c6mo, magistrados, destruís á vuestro placer, con vuestras propias manos aquel título que la madre na,turaleza di6 á todos los hombres, jurados y jueces? ¿Cómo no ponéis vuestro org'ullo en mostrarlo inaccesible al mecanismo de la práctica, en ofrecerlo intacto cual don divino preci.oso? ¿Cómo osai.s sacrificarlo al espíritu ele cuerpo? El espíritu de cuerpo, la deferencia hacÍlL los colegastienen muy Otl'Ofl moclos de manifestarse, distintos del que implica acepta1' su obra con los ojos cGITados, Dadles lealmente la mano, presta(lles los libros yel consejo, ---adeced su debilidad, pl'oteged 8US enmiendas; pero comp .. . dO t dI' d d . h esto es preClso l'elVln lcar o a a In epen enCla hac o , - D "1 defenderla contra todo y contra. todos, mantepersa CM, l' üesoelmtí.s hermoso de los atributos, ht,sensibilidad ~e ta la meditación serena. y viril, si el magistrado ha InDa , o ., 1 t o 1 f' '1 'I111)lir la augusta, mlSlOn que a pa TIa e con la. l e (,Ll - Aquí, volviendo sobre nuestro asunto, debemos afil'o ql1e el prejuicio de deferir á la acusación; constituye lJ_Ulr (le las fuentes perennes de los errores judiciales en llJllL Jos procesos correccionales, haciendo.de continuo un número de víctimas cierto, y otro probable. Dotermínase aproximadamente el primero mediante b diferencia entre las condenas en primera instancia y ';18 senteJlcias de sobreseimiento ó absolutorias del jui- ::io de apelación, 6 bien las anulaciones en cas~ci6n. No to(hs, cbro es, l'epl'esentanín la disconformidad de heeho cutre la culpabilida.d y la inocencia, ni la estadística (;Ol11lL en cuenta las causas que producen la reforma de I.ai:l sen tüncias; pero si el número no es cierto, siempre es posible cerciorarse mediante él: JDJ. probable está compuesto de todas aquellas senteJ'lCias que sin duda tienen la característica exteriol' ele b I.egalidad y de la justicia, pasandl:! en tal concepto á ~eJ' COS8. juzgada; pero que, en cambio, ocultan un vicio ol'iO'inal'io de fa,1sedad cIue infectfL é informa los varios " gnLdos ele la jnrisdicci6n. Cuántas sean, no es dable sahel'1o, ]='<31.'0 qne existen, no puede ponerlo en duda quien (;{uiem Cl.ue conozca el tema del libro, 6 que por lo menos 80 complazca en seguir éste con alguna atención. Además de los procesos correccionales, padecen de (o)flte prejnicio los criminales, qne en las decisiones de las S:'LlrLS ael Consejo, en las sentencias de las salas de acu- :"wiólJ, en los incidentes y en la aplicación (le la pena "[lo)' el 'l'ribunal de los Asises, snfI'en por moclo inevitfL3 32 .LOS ERRORES JU.DICIALES DOJdTNGO GlUltIATI 33
LOS ERRORES JUDICIALES ble la acción deletér~a de las deferencias complacientéS, de los votos prematuramente asegurados. H~yotro prejuicio mucho más notable. dOuál es la condición nioral en que se encuentran entre nosotros los jueces? dSon acaso los sacerdotes libres del Derecho, que Ovidio describe: SedibUl! a1tiB Augusta gravibte l!edent, que Marcial saludó, E ouruli jura gentibuB redduntp dPueden garantir al pueblo la firme y segura promesa de rflmediar toda injusticia, como los jueces ingleses Where there ís a wrong the're ís a remedy? dO más bien viven en un estado tal que les priva de la libertad del propio juicio? Tropezamos aquí con un asunto delicado, que trata- ¡"emos con mano suave, de modo que baste para aclarar de qué manera la natural tendencia á inclinarse hacia la acusación, resulta aumentada y exagerada por las instituciones. Veamos cómo: La ley orgánica de 1865 pone la magistratura bajo la dependencia del Poder ejecutivo: la misma ley coloca cerca de cada instituto juzgador una dependencia. del Ministerio público con el deliberado propósito de que represente allí el Poder ejecutivo. Este silogismo no puede ser más sencillo: todos los ascensos, traslados, honores y contrariedades de los magistrados dependen del Ministerio público. Llenaríamos una biblioteca con todo lo que se ha escrito desde 1865 hasta hoy contra un sistema que parece único, que contiene una perpetua amenaza insidiosa. DOMINGO GIURIATI 1 cI 'encia que se asemeja á las maniobras de para a con , b 11 I ·ZOS cuando amaestran un potro, con el terrón los ca a el' de aZÚcar en una mano y el látigo ~n la otr~. Durante ocho días, en 1873, fue combatido en el Se. nado por los más ilustres y sabios entre los magistra.dos veteranos del reino. Lo atacó en primer término Panattoni. Luego Siotto Pintor sostenía que el Poder ejecutivo habíaacolocado sus guardias en las Salas de justicia)). Por sup~rteConforti, Borgatti, Di Falco,,dos ex ministros de Justicia y uno Ministro á la sazón, reconocieron sus da.- ños y peligros. Con más fuerza que ninguno Mussio, primer presidente del Tribunal de Casación, decía: «el Ministerio público ha sido introducido como una espina en el corazón de la magistratura; adornado con terciopelos y galones de oro, se ha convertido en cepo de fraudes, engaños y perfidias: sus movimientos son automáticos: es un ente m·onstruoso, contradictorio, inmoral é inconstitucionál al propio tiempo: ora soberano, ora esclavo,. sin inteligencia y sin conciencia; es como máquina· que se mueve por voluntad del Poder•..•.» Pero nada se hizo, ni entonces ni ahora. Los Ministerios .pasaron, cambiaron los partidos, la derecha dej6 su puesto á la izquierda, la izquierda imitó á la derecha, y conformes todos en considerar la institución un pésimo instrumento de gobierno, todos, sin embargo, le encontraron cómodo é intangible. En teoría todos están al unísono. Las Oonstituciones del continente, monárquicas ó republicanas, han hecho ilusorio hasta ahora que el orden judicial como institución, por lo clevado de SIl posición moral, por lo inviola.- hl se encuentre, Como en Ioglatel'l'a, por encima de aas las fuuciones sociltles. Léase ounlquier escritor de los que estlldian las instituciones inglesas, y se verá qué revel'encill. entusiasta, qué complacenoia y qué orgullosa
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